Los separaba el patio de aquél albergue
cuasi transitorio, el cual, por lo barato, era ideal para aquellos que recién
llegaban al pueblo, o para aquellos que recién salían de un laburo estable.
También por lo barato era que los inquilinos luego buscaran algo más acorde con
la especie humana. Allí fue a parar Lihuen, luego de esos “viaje sorpresa” que
solía emprender. A veces, hasta para él eran sorpresa. Y también allí, aunque
en la pieza de enfrente, había ido a parar Luisa, luego de separarse de su última
pareja.
Cada noche, patio de por medio, Luisa
cocinaba en su pieza y Lihuen en la suya. A esa misma hora, y en medio de ambas
puertas, se ubicaba “el flaco”. El flaco era un perro vagabundo, garrapatoso,
pero muy simpático. Los perros son como las personas; cuánto más hambre tienen,
más simpáticos son.
Cocinando, ambos vecinos, por ahí
levantaban la vista y veían al otro en esas mismas tareas. Al verlo, se veían a
si mismos, cocinando, solos. En algunas ocasiones hasta se cruzaban las miradas,
pero, inmediatamente, ambos se hacían los distraídos. La soledad no se
prostituye con el primer vecino que uno se cruce, pensarían cada uno para si.
Apenas si se saludaban amistosamente cuando iban en busca de la única canilla
de aquél Hotel Hilton versión viedmense de la calle Entre Ríos al 400. Hasta
solían compartir horario de lavandería en la única pileta de aquel club de
natación, en que se convertía los días de lluvia. Cuando volvían de sus
labores, cada uno dejaba su bicicleta en el patio; uno del lado de su pieza y
el otro igual. Donde nunca se cruzaron fue en el baño. Luisa calentaba agua en
una olla y se duchaba dentro de la pieza, en un fuentón, con las cortinas y
puerta cerrada. En cambio Lihuen se bañaba en la ducha del baño. Casi que se podía
escuchar el sonido de sus dienten chirriando por el frio del agua fría que
parecía caer directamente desde la cordillera hasta el frío y tembloroso
cuerpito de Lihuen.
Ambos vivían solos. Sin hijos, sin pareja
ocasional, sin amigos que los visitaran. Bueno, teniendo en cuenta lo apartado
del lugar, tenían que ser muy amigos los que fueran hasta allí.
La mesa de ambos estaba frente a la única
ventana que las piezas tenían. Y cuando uno debe elegir entre una lamparita de
40 watts y el sol, sabe perfectamente en qué parte de la pieza debe ir la mesa,
ya sea para escribir, para comer, planchar o simplemente para sentarse a mirar
para afuera. A la noche, luego de comer, lavar o algún otro quehacer, ambos se
sentaban a la mesa. Luisa para leer. Lihuen para escribir. Y ambos, por turnos
o a veces al unísono, miraban al otro. Quizá imaginándose, fantaseando con el
otro. Quizá pensando en lo económico que sería viviendo juntos, pagando un solo
alquiler, una sola compra de supermercado, o quizá simplemente para meterle un
ratito el dedo en el esfínter a la soledad y ahorrarse frustraciones pasadas.
El caso es que ninguno de los dos intentaba un acercamiento con el otro. ¡No
vaya a ser que esa calma soledad se convirtiera de pronto en una tormentosa
pasión! La gente común es así de extraña. Necesita del otro pero no arriesga,
porque teme. ¿Pero a qué le temen, a que las cosas empeoren o a que las cosas
mejoren? Es rara la gente común. Viven cada vez más aisladas o acompañadas de
gente por obligación, pero cuando tienen la oportunidad de elegir estar con
alguien, tienen más pruritos y preconceptos, que coraje para afrontar la más
hermosa experiencia de la raza humana, que es, precisamente, relacionarse entre
si, para sí.
Primero Luisa y luego Lihuen, pero al cabo
de tres meses ambos se fueron de aquel hotel de pasajeros. Se regalaron apenas
cinco “hola” y dos “permiso”. Y quizá no tengan otra oportunidad.
04/03/10