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Con ustedes

Con ustedes
Lihuen

jueves, 27 de septiembre de 2012

HISTORIA POR MEDIO DEL PATIO


Los separaba el patio de aquél albergue cuasi transitorio, el cual, por lo barato, era ideal para aquellos que recién llegaban al pueblo, o para aquellos que recién salían de un laburo estable. También por lo barato era que los inquilinos luego buscaran algo más acorde con la especie humana. Allí fue a parar Lihuen, luego de esos “viaje sorpresa” que solía emprender. A veces, hasta para él eran sorpresa. Y también allí, aunque en la pieza de enfrente, había ido a parar Luisa, luego de separarse de su última pareja.
Cada noche, patio de por medio, Luisa cocinaba en su pieza y Lihuen en la suya. A esa misma hora, y en medio de ambas puertas, se ubicaba “el flaco”. El flaco era un perro vagabundo, garrapatoso, pero muy simpático. Los perros son como las personas; cuánto más hambre tienen, más simpáticos son.
Cocinando, ambos vecinos, por ahí levantaban la vista y veían al otro en esas mismas tareas. Al verlo, se veían a si mismos, cocinando, solos. En algunas ocasiones hasta se cruzaban las miradas, pero, inmediatamente, ambos se hacían los distraídos. La soledad no se prostituye con el primer vecino que uno se cruce, pensarían cada uno para si. Apenas si se saludaban amistosamente cuando iban en busca de la única canilla de aquél Hotel Hilton versión viedmense de la calle Entre Ríos al 400. Hasta solían compartir horario de lavandería en la única pileta de aquel club de natación, en que se convertía los días de lluvia. Cuando volvían de sus labores, cada uno dejaba su bicicleta en el patio; uno del lado de su pieza y el otro igual. Donde nunca se cruzaron fue en el baño. Luisa calentaba agua en una olla y se duchaba dentro de la pieza, en un fuentón, con las cortinas y puerta cerrada. En cambio Lihuen se bañaba en la ducha del baño. Casi que se podía escuchar el sonido de sus dienten chirriando por el frio del agua fría que parecía caer directamente desde la cordillera hasta el frío y tembloroso cuerpito de Lihuen.
Ambos vivían solos. Sin hijos, sin pareja ocasional, sin amigos que los visitaran. Bueno, teniendo en cuenta lo apartado del lugar, tenían que ser muy amigos los que fueran hasta allí.
La mesa de ambos estaba frente a la única ventana que las piezas tenían. Y cuando uno debe elegir entre una lamparita de 40 watts y el sol, sabe perfectamente en qué parte de la pieza debe ir la mesa, ya sea para escribir, para comer, planchar o simplemente para sentarse a mirar para afuera. A la noche, luego de comer, lavar o algún otro quehacer, ambos se sentaban a la mesa. Luisa para leer. Lihuen para escribir. Y ambos, por turnos o a veces al unísono, miraban al otro. Quizá imaginándose, fantaseando con el otro. Quizá pensando en lo económico que sería viviendo juntos, pagando un solo alquiler, una sola compra de supermercado, o quizá simplemente para meterle un ratito el dedo en el esfínter a la soledad y ahorrarse frustraciones pasadas. El caso es que ninguno de los dos intentaba un acercamiento con el otro. ¡No vaya a ser que esa calma soledad se convirtiera de pronto en una tormentosa pasión! La gente común es así de extraña. Necesita del otro pero no arriesga, porque teme. ¿Pero a qué le temen, a que las cosas empeoren o a que las cosas mejoren? Es rara la gente común. Viven cada vez más aisladas o acompañadas de gente por obligación, pero cuando tienen la oportunidad de elegir estar con alguien, tienen más pruritos y preconceptos, que coraje para afrontar la más hermosa experiencia de la raza humana, que es, precisamente, relacionarse entre si, para sí.
Primero Luisa y luego Lihuen, pero al cabo de tres meses ambos se fueron de aquel hotel de pasajeros. Se regalaron apenas cinco “hola” y dos “permiso”. Y quizá no tengan otra oportunidad.

04/03/10

1 comentario:

  1. Me encantó la frase "los perros son como las personas, cuanto más hambre tienen, más simpáticos son"

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