CASUALIDAD
Ella era linda. ¡Qué digo linda!
¡Hermosa era! Y eso a veces juega en contra. Parece una paradoja, pero no lo
es. Las mujeres lindas tienen más inconvenientes para enamorarse que las medias
lindas o las lindas por dentro. Porque el espejo las traiciona, como a la bruja
de Blancanieves. Y después no le entra el zapato. El zapato que viene con
príncipe y todo. Y también por eso, porque buscan príncipes. Y los príncipes,
últimamente, andan escaseando en democracia, o se retiran del fútbol. Y entonces
terminan siendo más amadas por el espejo que por algún obrero de la
construcción. Porque ellos no tendrán capa y corona, pero manejan muy bien la
cuchara. Y hay de los otros, los que meten la cuchara, pero cuando nadie los
llama. Como Lihuen. Que se vino a enamorar de una linda. ¡Qué digo linda!
¡Hermosa era! Y eso le jugó en contra a ella, pero no le importó. Al que sí le
importó es a Lihuen. Que de príncipe lo único que tiene es que siempre anda por
ahí, por algún cuento. Pero en esos cuentos donde los protagonistas son
perdedores, no ganadores. Porque Lihuen es un perdedor nato. En eso de perder,
siempre sale ganando. Nunca pierde. Cuando no le toca una trastornada hippona
de vincha por dentro, le toca una concheta de neuronas por fuera. Cuando no es
una diosa sin religión, es una pagana donde el que termina pagando es él. Pero
una vez, si tuvo una mujer con todas las letras. Y ahí, al que se le escapó el
diccionario fue a él. ¡No podés, Lihuen! Y de ahí en más, el abismo.
Convengamos que Lihuen, en este mundo donde todos vamos tras los próceres en
pagarés, no es muy buen partido para una dama que esté queriendo enamorarse de
una buena calidad de vida. Lihuen no es un “buen partido”. Es más bien, un
“bien partido”. Partido al medio. Claro, en la vida no todo es confort –me dirá
usted, no sin justa razón. Pero, ¡váyaselo a decir a la linda! ¡Qué digo linda!
¡Hermosa era! Era tan linda que daba pena verla irse. Bueno, a Lihuen también
daba pena verlo irse, pero no por lindo. ¿Cómo hará Dolina? –me pregunto.
El otro día Lihuen se encontró
con una vieja amiga que, con el correr del tiempo, estaba más vieja que amiga.
-¿Cómo andás Lihuen, tanto
tiempo?
-Igual que cuando nos vimos la
última vez, -le respondió él.
-Pero si la última vez que nos
vimos eras una lágrima que daba pena verte, porque te había dejado una marca la
trastornada aquella que tenía un rotwailer…
-Bueno, ahora hacé de cuenta que
estoy hecho una lágrima porque me dejó una marca el trastornado del rowrailer
que tenía una mina. -¡Pero, Lihuen, vos siempre te venís a enamorar de
trastornadas! ¡No vas a cambiar más vos, eh!
-¿Para qué, Luisa? La vida, si no
le ponés un poquito de pimienta no tiene sentido.
-Si nene, pero vos ya le pusiste
ajíes putaparió. ¡Aflojá! ¿Y ésta qué te hizo? ¿Te denunció a la policía porque
querías verla; te salpicó de líquido de frenos porque miraste otra mina; o te
durmió con Clonazepam 2 mg para encamarse con el sodero?
-No, Luisa, esta vez fue peor. Ni
siquiera me dio bola.
-¡Aleluya Lihuen, al fin una mina
que te quiere bien!
-No jodas Luisa, no estoy para
chistes.
-Pero chabón, ¿para qué precisas
una mina…?
-Y.. Luisa… La vida es dura si
uno vive “a mano de uno mismo”.
-Dejáte de embromar y conseguite
un gato, a vos que te gustan los gatos. Son mimosos, te calientan las patas,
son tiernos…
-Si, pero salen caros Luisa.
-¿¡Qué caros!? Conseguite un
gatito de la calle y listo.
-Si, Luisa, a eso me refería.
Che, ¿y vos cómo andás Luisa?
-Yo bien, me casé, tengo cinco
hijos, dos nietos, tres perros, un loro, un departamentito en el centro, esta
motito, en fin, no me puedo quejar.
-Hijos, nietos, perros, loros,
depto, moto… ¿Y pareja?
-Bueno, si, tengo pareja, pero no
es el padre de mis hijos, de él me separé hace un par de años.
-Bueno, pero tenés pareja, un
hombre que te quiera es lo mejor que le puede pasar a una mujer.
-No, Lihuen, dije: tengo pareja,
no, tengo un hombre.
-¿Cómo Luisa, qué es, un
extraterrestre, entonces? Ja ja.
-No. Él, en realidad es, ella.
-¿Cómo ella? Entonces no es
pareja, es despareja.
-Lihuen, abrí un poquito la
cabeza, ¿querés?
-Si, bueno, yo ya no entiendo
nada de este mundo. ¿Y cómo se llama tu pareja?
–Julia.
-¿Julia…? ¡Mirá qué casualidad!
-¿Qué casualidad qué?
–No nada, que la chica que me
gusta, la linda ¿qué digo linda? ¡La hermosa! También se llama Julia. ¿Y a qué
se dedica?
–Es Analista de Sistemas.
-¡Oh, siguen las casualidades, mi
Julia también!
–Lihuen, ¿en qué calle vive “tu”
Julia?
-En Udaondo y Enrique Santos.
-¿En el segundo piso B?
–Si ¿Cómo sabés?
–Porque “tu” Julia, es, en
realidad, “mi” Julia, Lihuen. Y donde te le acerques de vuelta a ella te rompo
la cara y después perdemos la amistad, ¿escuchaste?
-Si Julia… digo… Luisa… Faltaba
más.
Y colorín, colorado, esta
casualidad se ha causalizado.
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