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Lihuen

lunes, 24 de abril de 2017

LICENCIADO MIGUEL ANGEL ABUD y sus designios (explicación básica para complejas interpretaciones)

  Algunos se preguntarán, aquellos que no me conocen muy bien, el por qué de mi firma como Lic. desde ya hace unos años, puesto que, si bien fui a la universidad, no culminé mis estudios. Primero quisiera explicarle a los uruguayos y uruguayas que nada tiene que ver con Raúl Sendic, el hijo del Bebe. Tampoco tiene que ver con el hecho de querer adjudicarme un título que ninguna entidad académica me haya entregado por el sencillo hecho de transcurrir años y acatar el conocimiento que en dichas prestigiosas casas de estudio enseñan. He leído más que cualquier académico recibido, nada más que mis lecturas fueron algo desordenadas, no enfocando en algo específico, dado que leí literatura, poesía, novelas, religión, filosofía, psicología, etc. No. Tampoco tiene que ver con el hecho de intentar elevar mi ego dado que dicho sujeto de mí, no necesita absolutamente nada para estar por las nubes.  Habiendo aclarado las cuestiones que NO me llevaron a dicho título de nobleza social antes de mi nombre, paso a explayarme sobre la arena de lo que SI baña las costas de la razón que condujo la lancha hasta el por qué de los porqueses.  Según la RAE Licenciado significa: Persona que ha obtenido una licenciatura universitaria. Yo no soy licenciado por ninguna universidad. Tampoco voy a cometer esa calificación bálsamo que algunos esbozan a modo de consuelo: Me recibí en la universidad de la vida. O panaceas por el estilo. Yo tengo mi propia y exclusiva panacea: Me recibí de mí mismo. Algunos estarán pensando pedir turno en algún neuropsiquiátrico o nosocomio por el estilo, pero aguarden a que de mi explicación para llevarme con fundamento. El “Me recibí de mí mismo” conlleva a otra frase: Me conocí. Y luego de los mucho gusto correspondientes, me empecé a descubrir que en mi mismo, no habitaba solo mi mismo yo, sino que habitaban unos cuantos yoes, los cuales se turnaban para actuar ante el afuera del mi mismo a veces, y otras, dentro de mi mismo yo, pero ya saliendo del inconsciente, sino desde el consiente mismo. Ya estoy leyendo pensamientos de psicólogos y psicólogas hablando de “Personalidades múltiples”, “Bipolaridad”, “Esquizofrenia”. Paren, paren la moto, primero pónganse el casco y seguimos charlando.  Descubrirme a mi mismo significa que conozco y acepto mis errores y aciertos. Por supuesto que en mis aciertos no debo trabajar para corregirlos, solo sentirme bien por ellos. Con respecto a mis errores, que muchas veces son errores concretos, pero en otras son errores que bajan al consiente pero que no permito que se manifiesten en mi relación con los otros. Un ejemplo a modo de comprensión: en la calle los taxistas tenemos códigos para trabajar, pero algunos de ellos no lo respetan y, en definitiva, no me respetan a mí, cuando yo soy el involucrado. Allí aparecen mis distintos yoes pugnando por ser cada uno el protagonista de mi actuación a continuación. Uno, el calentón y violento, piensa en acelerar y darle alcance al infractor de códigos e incriminarlo con diversos improperios. Y si la cosa se pone difícil baja con un “palo pa conversar”, para ponerlo en su lugar. Acá pueden ocurrir dos cosas, que el susodicho se haga el pelotudo diciéndome que no me vio y listo, o seguir en su tesitura y allí comenzaría una contienda boxística e insultística que quien sabe cómo podría acabar. El otro yo, más calmo y equilibrado, digamos el humanista básico de mis yoes, argumenta que no es esa la forma de dirimir un pleito y reflexiona si es imprescindible llegar a ese punto de confrontación, y decide que lo mejor es dejar que el vivillo de la calle se aleje, mientras doblo para otra calle o avenida. Este es el yo que piensa que las cosas que se nos presentan en la realidad cotidiana, no son producto del azar, sino que están allí para probar nuestro temple y darnos la oportunidad de ejercer la inteligencia antes que la fuerza bruta. Pero también aparece otro yo, que no es violento sino educador. Este me propone ponernos al lado del infractor de códigos, saludarlo atentamente y exclamarle: “Está difícil la calle hoy eh”. Yo no llevo ni tres mil pesos de recaudación. Día duro el de hoy. El otro compañero confirma mis declaraciones y por lo general desiste de seguir su camino anti-códigos y el que dobla por otra calle es él, luego de despedirse. Y así puedo seguir enumerando distintos yoes que en una u otra oportunidad, pugnan por salir de debajo de mi capa encefálica para depositarse asfalto adentro. Está el yo que cuando me caliento por alguna de esas situaciones diarias, me dice que es hora de bajar los decibeles e ir a tomarme un cafecito y estirar un poco las piernas y las neuronas. Este es el yo no humanista de la “no violencia activa, sino el hippón, el que se aparta de toda situación que pueda sacarme del paz y amor con el que debo conducirme por la vida.  En cada momento del diario vivir nos encontramos con situaciones donde debemos elegir entre esto y aquello. Y la decisión que tomemos puede conducirnos a uno u otro futuro mediato, tanto interno como externo. Es por ello que pienso que debemos estar conscientes a cada momento y en cada decisión que tomemos, porque de esas decisiones dependerán nuestros bienestares o malestar. Hete aquí el por qué y los cómo y para qué del hecho de que en mi página de escritor se anteceda el tan enigmático Lic. Miguel Angel Abud 

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