Hay un dolor
que es todos los dolores.
Hay una faltante
que nos llena de ausencia.
Hay una justicia
que nos habla de injusticias.
Hay desapariciones que dan vida
a vidas que parecían desaparecidas.
Lo dejaron a la intemperie
de la frialdad popular;
a la honradez
de la justicia capitalista;
a la sin razón
de los apasionamientos.
Lo dejaron a campo abierto
con su destino cerrado para siempre.
Lo “desaparecieron” por atrás
cuando tenía todo por delante.
Lo entregaron a los “comunicagadores”
de los medios de “comunicagación”
que nos cuentan sobre la manipulación
de los poderes de turno, cual farmacias
para nuestra ansiolítica necesidad
por sentirnos estafados.
Pocos somos hoy Santiago,
pero todos somos responsables
de desaparición a sangre fría.
Desaparecemos cuando solo somos
solidarios con nosotros mismos.
Desaparecemos cuando
nos creemos las mentiras
y las repetimos como verdades.
Desaparecemos cuando nos creemos
descendientes de los barcos
cuando en realidad descendemos
de nuestro más ignorante saber.
Desaparecemos cuando nos aferramos
a creencias importadas por conquistadores,
cual malinches de sagradas traiciones.
Desaparecemos cada cuatro años
en las urnas comerciales del sufragio.
Desaparecemos olvidándonos
de nosotros mismos,
cuando nos olvidamos del prójimo.
Desaparecemos con nuestra más terrible arma:
la del silencio y el no compromiso con la verdad.
Santiago es un símbolo de nuestro letargo
que bien puede servirnos para sensibilizarnos.
Santiago es un espejo donde podemos vernos
a nosotros mismos en él; en él
solidarizándose con todos nosotros.
Viéndonos al nosotros mismos que podemos ser
si somos para el otro, como debemos ser.
Santiago es una verdad oculta
que depende de todos develar.
Todos somos Santiago
hasta que nos olvidemos
de nosotros mismos.
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