Planeó el asalto minuciosamente, tomando en cuenta cada detalle. La hora, el lugar, el tiempo que le llevaría ir del lugar A al lugar B, limpiar la herramienta con que cometería su fechoría, cuidarse de que no hubiesen testigos que, en caso de salirle mal el “trabajo” no pudieran declarar en su contra y hasta la indumentaria con que iría vestido. Sincronizó su hora con la hora oficial y desde la víspera se preparó mentalmente para el acto delictivo. La noche anterior se acostó temprano y al otro día, a la hora preestablecida, estaba tomando un café con crema en el café de la esquina, a pocos metros donde minutos más, llevaría a cabo el atraco más importante de su vida.
A la hora señalada, luego de pagar lo consumido con una suculenta propina al mozo, partió lentamente hacia el encuentro con su destino. Ya viendo la entrada principal del banco, disminuyó la marcha, se colocó en el lugar A, donde tendría la visual adecuada del lugar B, por donde instantes más pasaría la gerente de la sucursal bancaria con su maletín marrón, para subirse a su auto alemán con estacionamiento propio. Había seguido sus movimientos por semanas y ella nunca, nunca se había corrido ni un ápice de su oficinista rutina. Su arma lista para disparar, sus piernas listas para acometer, sus manos tensas pero firmes, sus pensamientos en ese único objetivo.
Por fin ella apareció por la puerta principal. Su trajecito azul de costumbre, sus tacos aguja sonando rítmicamente, su caminar elegante, su mirada puesta en el vacío y su maletín marrón apuntando al sedan cuatro puertas. Desactivó la alarma, abrió la puerta trasera izquierda, colocó el maletín en el asiento trasero, luego se quitó el saco y lo puso encima del maletín. Cerró la puerta y abrió la del conductor. En ese instante, en ese preciso instante en que ella se disponía a tomar asiento, él se abalanzó sobre ella, la giró 90 grados y, ya cuando la tenía justo enfrente a él, cara a cara, le robó un beso.
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