Escuchemé licenciada: vine porque tengo un problema que no puedo resolver solo. Pensé que podría, pero hace meses ya que lo padezco y no puedo despertar de esta pesadilla. ¡Eso es lo que son: pesadillas! Noche tras noche me atormenta una mujer que se instala en la realidad de mis sueños y a la cual no puedo despertar. Licenciada: ¿Se tratará de una surreacción onírica ésta obsesión que me trauma, a punto tal de llegar a convertirse en una conducta de estructura ansiosa, la cual en el área uno me provoca ansiedad, en la dos angustia, en la tres miedo y en la cuatro “watercloset”, o tendré que volver a leer a Bleger y Pichón Riviére?
Licenciada: ¡no la soporto mas! ¡Quítemela de mis noches, para poder vivir mis días sin ella! Hay noches en que se me presenta como mi compañera de oficina y me persigue por toda la repartición gritándome delante de mis compañeros: “¡Vení papito, tecléame sobre la piel un pedido de informes y llamáme Señor Gerente!” En otras, se me presenta como la propietaria de un vehículo al que se le pincharon dos cubiertas y me implora en presencia de otros clientes: “¡Vení papirri, inflame las dos gomas con tu boca y dejámelas como a las de la rubia del póster-calendario que tenés en la pared!” Otras noches, me corre por todas las góndolas del supermercado y a los gritos me ruega: “¡Vení, repositor de mis ansias, arregláme la estantería que sin vos mi vida es el almacén Don Manolo!” En otros sueños, es la policía de tránsito que me toca el pito gritándome: “¡Pará, parála, vení con tu zorra que muere por hacerte la boleta, infractor de mis necesidades!”
¡Ya no sé qué hacer, licenciada! A veces es rubia, a veces morocha o pelirroja, alta, baja, gorda, flaca, pero siempre es ella, la que me atormenta el derecho a olvidarla. La otra noche se me apareció vestida de novia cuando estaba tomando un café con Carla, una chica que en la vigilia me tiene loco, pero que aún no he intimado. Se apersonó en el sueño y me arruinó la velada, que, aunque onírica, calmaba las ansias de mis deseos insatisfechos en vigilia, con respecto a Carla. Le dijo a ella: “¡No seas gila, chabona, no salgas con este otario que es un chanta bárbaro! A mi me hizo ir a probarme el vestido de novia para acollararnos el mes que viene, y, mientras tanto, el se pone a coquetear con la primera turra que aparece.” Desde esa noche, Carla se muestra distante, pero no en los sueños, en la realidad, en la vida de acá arriba. ¡Ya no sé qué hacer, licenciada! ¿Falta mucho para los cincuenta minutos? ¡Qué cómodo es este diván, es bien lacaniano!
¡Esto ya es insoportable! Mire, con decirle que es capaz de todo, le estoy diciendo solo parte del todo. La otra noche se presentó como una anciana cieguita que no podía cruzar la calle sola. Yo me la comí. ¡No licenciada, a ella no, a su disfraz.! Pensando que realmente era una sexagenaria le dije: “Abuela, espere que la ayudo a cruzar la calle”.
-Gracias, m’hijito. Yo voy hasta los departamentos que estan allí, a media cuadra. ¿Me podés alcanzar?
-Si abuela. ¡Cómo no la voy a acompañar! ¡Faltaba mas!
-Voy hasta el segundo piso. ¿Me ayudás a subir?
-Si abuela. ¡Quédese tranquila! Cuando llegamos me dijo que, como agradecimiento, le aceptara un café con leche y medialunas, y como para no ser descortés, le acepté. “Ponéte cómodo”, -me dijo. Mientras me arreglaba la corbata en el espejo del techo... ¡¿Del techo?!, sonó el timbre y atendí. Era el mozo que preguntaba ¿Qué van a servirse los señores? ¿Qué señores? –me quedé pensando. “Pedí m’hijito” –me gritó la abuela desde el baño. Pedí el café con leche, pero me quedé intrigado, pensativo. Al rato salió la “abuelita” del baño, que ya no era tan “abuelita”, sino un semejante hembrón, en ropa interior a puntillas rosadas. Me tiré por la ventana y cuando caí, del golpe, me desperté todo transpirado y con olor a telo barato.
¡No puedo seguir así, licenciada! No lo soporto más. ¡Ayudemé, por favor! Me estoy volviendo loco. No sé qué hacer... ¿Por qué escribe tanto, licenciada? ¿Falta mucho para los cincuenta minutos?
-No se haga problema, Lihuen. Lo suyo es muy normal. Lo que usted tiene es un “Complejo de Edipo” no elaborado. Por este conflicto que padece, sus conductas defensivas han intentado reducir la tensión y lo único que han provocado es dividir a su ambivalencia, en divalencia. O sea, en dos conductas disociadas en dos objetos distintos; retuvo el amor a su madre y el odio lo transfirió a la mujer de sus sueños. A este proceso se lo llama: Disociación esquizoide. La relación objetal es ahora con objetos parciales, porque cada uno de los objetos está ligado a una parte de su yo, Lihuen, y a uno solo de los términos parciales del conflicto total ambivalente (amor-odio).
Dado que la transferencia fue muy explícita, ya mismo comenzaremos su tratamiento. Lihuen, la mente humana, la psiquis, se maneja con simbolismos. Seguramente en los primeros años de su vida, usted no ha elaborado algún hecho que, a su corta edad, le provocó una experiencia desagradable y, por consiguiente, lo archivó en su psiquis hasta proyectarlo en su campo onírico, como lo manifiesta en su discurso. Y también, seguramente, ese hecho tiene que ver con el pudor que los infantes tienen en ciertas etapas pueriles de su vida psíquica. Para contrarrestar dicho efecto negativo que usted padeció en su infancia, vamos al punto de partida. ¡Desvístasé, Lihuen!
-¿¡Qué, licenciada?!
-¡Desvístase, Lihuen! Así como lo oye.
-Si, licenciada, como usted diga. ¿Y usted también se va a desvestir...?
-Mire Lihuen, tengo quince años de carrera ¿usted cree que no sé lo que estoy haciendo?
-No, licenciada, disculpe.
-Bueno, ahora cierre los ojos y recuerde hechos de su infancia que puedan tener relación de tipo traumático para con usted.
-Si... yo me acuerdo cuando era chico... ¡Licenciada, licenciada, si me sigue haciendo eso no me voy a poder concentrar! ¡Licenciadaaa, licenciadaaaaa..!
-¡Despertá, hijo! ¿Qué te pasa? ¿Tenías una pesadilla?
-¡¡Mirá, mamá, ya no te aguanto más!! ¡¡¡Me tenés podrido!!!
-¿Y yo qué hice, te desperté porque estabas gritando y sacudiéndote...?
MIGUEL ANGEL ABUD
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