Lihuen tenía un amigo que era muy amigo de escribir obras para no ser leídas jamás, a no ser por él, cuando se quería poner en papel de víctima de sí mismo.
Él, Lihuen, no podía entender como él, Segismundo, podía pasar horas y horas al santo escape anal. A veces llegaba a la casa y veía en su escritorio una maraña de papeles en el cual su amigo, a modo de alpedismo literario esbozaba capítulos de una novela que estaba escribiendo y cuyo argumento trataba (aunque sin conseguirlo) sobre un político que como plataforma de gobierno, en vez de dar promesas de empleo para quienes lo votaran, daría empleo, pero que, al no manifestarlo en su campaña (por no prometer en falso) la gente no se enteraba y, por ende, no lo votaban. Entonces, al no votarlo, era él el que se quedaba sin empleo, por lo que debía recurrir a aquellos políticos que sí prometían, aunque sin importarle si lo iban a cumplir o no, porque al menos tenía una esperanza y esa, era la misma esperanza que le mantenía el sueño de que, algún día, pudiera llegar al gobierno y ahí sí, darse empleo a sí mismo.
El amigo de él, (no de Lihuen, si no sería Segismundo y tampoco de Segismundo, si no sería Lihuen), de Horacio, el político, se llamaba Contrera y como su nombre lo indicaba se manifestaba siempre a favor de oponerse a lo establecido (no por él, sino por sus opuestos). El tipo se paraba frente a las puertas de las iglesias, para advertir a los fieles que se dirigían a ella (a la iglesia, no a la hermana de Contrera adonde también acudían en masa) sobre posibles futuras frustraciones a los creyentes, respecto a la vida más allá de la muerte. Les decía que no se dejaran engañar, que una vez que los gusanos le tomaban el gustito, ¡ni el alma se salvaba! De paso se hacía unos pesitos vendiendo estampitas para ateos, las cuales tenían dibujado la figura de un hombre y una mujer en posición de sesenta y nueve, con una leyenda que decía: “Somos la creación de nosotros mismos en el amor. Hagamos el amor y no la guerra.” ¡Un bochorno el tipo! Menos original que sanguche de mortadela.
Su amigo (no el de Horacio, sino el de Segismundo) no podía entender cómo su amigo, (el de él) podía seguir deforestando tanta Amazonia, tanto Misiones, sin amasar una misión más natural con lo coherente. Convengamos que el tipo era un altruista, un progresista, ya que por más que no era de izquierda (raza ésta desprestigiada pos-ladrillos, pos-cortina y pos-alternativas) era un cultor del progreso, tenía visión de futuro. En una oportunidad escribió un cuento en el que el personaje era un empleado del Registro Civil, que simulaba casar a la gente, pero que no lo hacía por su visión del porvenir. Como marcan las estadísticas –decía, las parejas modernas se separan al cabo de unos años, entonces, yo les ahorro seguros trámites burocráticos en algún mañana. En tal sentido había presentado un proyecto al Congreso para que los casamientos sean por cinco años, pudiendo ser renovados por cinco años más o rescindirlo para siempre. No tuvo suerte. Ya sabemos que quienes nos representan son nuestros defensores de la moral y buenas costumbres (de las nuestras, las de ellos les tiene sin cuidado)
Por épocas, Segismundo se dedicaba a escribir poesías. Eran poemas ambiguos, con doble significado, paradójicos. Por ejemplo, un poema de amor que contiene pasajes de soledad (por alguna peleíta que sobrevenga); un poema de protesta que terminaba reaccionario, burgués, (por si llega al gobierno o agarra unos mangos); un poema de profunda fe religiosa que terminaba con un nihilismo ateo (propio de la entrada en años o en conciencia); una payada campera que terminaba en un soliloquio ciudadano ( para consolarse en caso de tener que emigrar); una prosa poética que hablaba de las bondades de la vida al aire libre, (visto desde un chalet a dos aguas); y así…
También escribía fábulas. A mí me gustó (cuando digo “a mí”, digo “a mi, personaje”, no “a mi, relator”) me gustó aquella que comenzaba infantil, para trocarse en cuento fantástico adolescente, y luego transmutarse en novela adulta, para terminar como cuento de terror de la tercera edad.
También escribió un libro de autoayuda que ni a él ayudó. El libro estaba dirigido a la segunda persona del plural, pero con la clara intención de salvar a la primera del singular, y... ¡La gente puede ser un poquito estólida, pero no es estúpida!
Escribió un diccionario con palabras que aún no existen, pero que seguro la Real Academia aprobaría en siglos posteriores; un diccionario de “Nonónimos” (con palabras que no tenían nada que ver con nada); y otro de “Hartónimos” (o sea, con palabras que nos tienen harto, como ser: democracia, consumismo, Internet, guerra, Estados Unidos y derivados).
Cuando estaba muy volado escribía cosas muy terrenas. Por ejemplo escribió un libro de “Cortosofía”, que no tenía la profundidad de su antecesora “filosofía”, ya que en vez de hacerte pensar, te hacía no-pensar. Una especie de televisión pero en libro.
Un día Lihuen no lo aguantó más y le dijo por qué no se dedicaba a otro oficio, porque con ese se iba a morir de hambre. ¡Ni en el diario Al Día lo contrataban! Cuando a los pocos días le comentó a Lihuen los oficios que se le habían ocurrido, no sabía si pegarle o prenderle la tele para que se auto flagele. Le comentó de su interés por ser sepulturero, ya que se le había ocurrido –según él, la genial idea de vender sarcófagos con lombrices incluidas, para acelerar el proceso de reencarnación. También, el de ser un espiritista de cuerpos y poder llamarlos sin que vengan a él con su decadente porción de cerebros.
Lihuen lo dejó de ver por un tiempo porque ya estaba más imbancable que Mirta Legrand opinando sobre los indigentes. Una tarde, cuando estaba caminando por la 25, lo vió salir de un negocio de “todo por cien pesos”. Se abrazaron, se dieron un beso bien a lo macho y Segismundo lo invitó a tomar unos vermouth bien patagónicos al Provincial, para recordar viejos tiempos de ayer nomás.
-¿Cómo andás? -¿Bien, y vos? -Bien ¿y vos? -Bien ¿y vos? -Bien ¿y vos? -¿Qué es de tu vida? -Acá andamos, con mucho laburo, a Viedma gracias. -¿Si, che? ¿En qué estás laburando? –Puse una Academia de Manifestaciones. -¿¿¿Una qué??? -Una academia donde se enseña a manifestar…ya sabés…cómo llevar las pancartas, con qué criterio elegir la ruta a cortar, cómo encender cubiertas… En fin, lo necesario para ser un buen manifestante. Los egresados, saldrán con títulos como: Maestro mayor piquetero, Doctorado en puntero político, Licenciatura en asambleas barriales, Tecnicatura en escrache, curso de primeros auxilios de avenida, un Master en saqueos a capucha descubierta, y así...
-¡Pero te vas a morir de hambre, loco, si acá la gente no se calienta por nada!
-Pero hermano, esto es con visión de futuro… Cuando se den cuenta que lo “por venir” es más de lo mismo… ¿vos creés que se la van a bancar?
-Y sí…pero… -Bueno, nos vemos hermano. Te dejo que tengo que ir a cobrar la pasantía.
-¿Cómo pasantía? ¿Estás enseñando a la oposición pero cobrás de gobierno?
-Viejo, ¡vos no entendés nada! ¿No sabés cómo funciona esto? ¡Me extraña, araña, que siendo mosca, no me conozcas! ¡Formateáte mejor, loco, porque te va a agarrar un virus y después no te arreglan ni escaneándote, che! Chau, viejo, nos vemos.
-Chau. ¡Qué lindo auto tenés ahora! ¡Mirá vos este escritor de incoherencias, como cambió! ¡Ya se parece a un transa modelo revolución productiva! –se quejaba Lihuen, mientras le sacaba el candado a la bicicleta, y se marchaba con la frente bien en alto y la cubierta de adelante bien en baja.
No hay comentarios:
Publicar un comentario